El sexismo de los juguetes

Parte importante de las estudiantes secundarias y universitarias han iniciado una épica emancipatoria para pensar, denunciar, modificar la situación de asimetría que experimentan en el interior del aparato social y particularmente en los espacios estudiantiles. Por una parte repudian el acoso y el abuso sexual y, con la misma  decisión, abogan por una educación paritaria, simétrica entre hombres y mujeres.

Resulta interesante, en este contexto, revisar una de las tecnologías más corrientes mediante la que se inocula el género en los sujetos, examinar de qué manera el sistema escribe sus mandatos prematuramente en los cuerpos para establecer en ellos un recorrido social y cultural. Es necesario explicitar cómo ese recorrido porta una desigualdad de base y, en este sentido, su eficacia se inscribe desde el momento mismo del nacimiento.

Quisiera ahora mismo detenerme en un hecho que quizás pueda parecer menor o definitivamente demasiado conocido y, en ese sentido, inoficioso.

Re-pasar agudamente los juguetes como agentes en la formación de un binarismo desigual resulta necesario aun en su obviedad. Ya se sabe que el diseño discursivo de los juguetes no es inocente, representan una política histórica para inscribir género en las biologías, otorgarles un rol cultural y disciplinarlas para ingresar a los escenarios sociales y laborales del futuro.

Ya es demasiado conocido y estudiado definir a las muñecas como un regalo posible para una niña. Es una convención, un lugar común de la cultura, prácticamente una obligación. Pero si a una niña recién nacida se le regala una muñeca, hay que pensar que a nivel simbólico se le entrega  su futura maternidad, se la obliga a velar por su muñeca-hija (una forma de destino como cuidadora). Incluso en el mercado de los juguetes a esa muñeca se le agregan coches de paseo, ropa adicional, muebles, en fin todo aquello que colabore a la “buena vida” de su muñeca. O, en otro sentido, si a una niña se le regala una “Barbie” delgada y perfecta, generalmente rubia, cuidadosamente acicalada, se le regala un modelo a seguir, esa mujer-fachada a la que debe filiarse, su compañera cotidiana, ese cuerpo plástico imposible que se instala como referente, como don, como otra de sí, como belleza, como sede de angustia futura.

En cambio si pensamos en un niño, su regalo más frecuente es un “automóvil”. Pero hay que recordar que el prefijo “auto” apunta a “sí mismo” y este regalo implica simbólicamente el manejo, la salida veloz al espacio público, el afuera, el desplazamiento, la capacidad de conducir(se) de manera autónoma. Las armas, los tanques, los adminículos de guerra forman parte del repertorio lúdico de los niños-soldados, victoriosos y heroicos de todas las guerras. En suma, los regalos a los niños están vinculados al poder en toda su extensión y se autorepresentan desde el punto de vista bélico como victoria o como autonomía.

De la misma manera los regalos emblemáticos a las niñas están asociados a los cuidados maternales y a la belleza. Pensar la niña “adentro” alude a un anacronismo que va en contra de los tiempos, significa en pleno XXI adherirla a los espacios privados. Pero, una lectura incipiente de la construcción de  lo femenino, podría dar cuenta de cómo este gesto “juguetón” gestiona la insuficiente representación de mujeres en los espacios públicos.

Resulta poco probable que a un niño se le regale una muñeca o a una niña un auto. Esta diferencia en los regalos se ha naturalizado, sin embargo, parece necesario entender que se trata de una decisión convencional y arbitraria. O más aún, comprender que en ese preciso regalo se aloja una forma muy simple de una larga pedagogía que, de manera prematura, se inscribe en los cuerpos sociales que la actúan una y otra vez, una y otra.

Desde luego la rígida división auto-muñeca sigue imperturbable más allá de ciertos gestos que tienden a generar juguetes “neutros” (ya sabemos que la neutralidad no existe) que buscan aliviar la violencia binaria. Pero no se trata de invertir los regalos porque apuntaría a lo mismo, sino más bien de entenderlos y tomar decisiones. Hay que re-pensar cada juguete y comprender que portan sexismo y que ese sexismo se inscribe y prolifera invadiendo la vida material de hombres y mujeres. Repensarlos porque generan asimetrías, porque provocan sufrimiento en niños y adolescentes que presentan subjetividades diversas.

Porque pensar y re-pensar es una obligación política. Y eso están haciendo de manera ejemplar las estudiantes chilenas.

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